Hay una oportunidad que se abre ante las bibliotecas y que conecta con los objetivos de la Agenda 2030: la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones de los gobiernos y en los asuntos públicos.

Las bibliotecas tienen que aprovechar el potencial de la participación ciudadana por muchas razones. Algunas de estas razones son defendidas por las organizaciones bibliotecarias de referencia en todo el mundo, como EBLIDA o la IFLA, que consideran a las bibliotecas como instituciones prioritarias en la implementación de la Agenda 2030, al brindar a las personas de sus comunidades el acceso a la información que necesitan. Otras razones tienen que ver con su papel como instituciones democráticas y con el compromiso cívico de sus profesionales.

Y es que la función democrática de la biblioteca es indiscutible, pues es la institución que asegura derechos fundamentales como el derecho de acceso de la ciudadanía a la información y a la cultura; el derecho a la educación, por el cual las bibliotecas públicas facilitan la educación permanente; o el derecho a la libertad intelectual; además de servir de espacio público inclusivo e integrador, garantizando la no discriminación por razón de sexo, raza, credo, edad u otro motivo.

Oodi Helsinki Grand Opening

Oodi Helsinki Central Library Gran Opening

Los niveles de participación ciudadana

El concepto de “participación ciudadana” es un poco confuso y ha sufrido de cierta banalización.

En las instituciones culturales, por ejemplo, se han extendido procesos y métodos de trabajo que se han vinculado a la participación ciudadana. Sin embargo, es un concepto que se sitúa en el marco del gobierno abierto y la innovación pública. Y aunque no existe un consenso en su definición, como explica el manual de Gobernanza participativa local de la FEMP, se entiende como un proceso continuo de encuentro entre la ciudadanía y las instituciones por el que se establecen espacios de debate y de decisión, así como un derecho de la ciudadanía a poder participar y ser parte activa en las decisiones públicas que les afecten.

Los niveles de participación ciudadana fueron ya definidos por Arnstein en 1969 en su Escalera de la participación ciudadana, quien estableció una tipología de ocho niveles desde la “no participación” o manipulación hasta el nivel de control ciudadano. Esta tipología se ha actualizado después por el modelo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2001) y por el de la Asociación Internacional de Participación Pública (IAP2, 2014). Para entender la evolución de estos tres modelos, es muy ilustrativo el artículo de Prieto-Martín y Ramírez-Alujas (2014), Caracterizando la participación ciudadana en el marco del Gobierno Abierto.

El modelo de la OCDE reduce los ocho niveles de Arnstein a tres: información, consulta y participación activa, que se corresponden con tres derechos: derecho a ser informado, derecho a ser consultado y derecho a tomar parte.

Por su parte, los cinco niveles de la participación ciudadana de la IAP2 conforman un espectro gradual ascendente que comienza por informar y pasa por consultar, involucrar, colaborar y empoderar.

Imagen: MediaLab Prado, en Flickr (album: Puente de Vallecas Experimenta)

Imagen: MediaLab Prado, en Flickr (album: Puente de Vallecas Experimenta)

El acceso a la información y la participación ciudadana para la consecución de los ODS desde las bibliotecas

Algunas aportaciones de las bibliotecas públicas a la Agenda 2030 ya han sido señaladas ampliamente por la IFLA. Se trata de aportaciones vinculadas a su misión histórica, como el acceso a la información, la conservación del patrimonio cultural, el acceso a las tecnologías de la información, la alfabetización temprana y la formación continua o la oferta de espacios inclusivos y neutrales. Pero el principal aporte bibliotecario a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) es el reconocido acceso a la información.

Las bibliotecas, tal y como propugna la IFLA, son instituciones fundamentales para garantizar el acceso público a la información. Y el acceso público a la información, contemplado en los objetivos 9 y 16 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, permite a las personas tomar decisiones informadas que pueden mejorar sus vidas y las de sus comunidades.

Por tanto, una de las primeras medidas que pueden adoptar las bibliotecas es ofrecer instrumentos a las personas de sus comunidades para que tengan una participación activa en su mundo, lo que supone incorporar otro derecho, el de la participación ciudadana, en la consecución de los ODS. Las bibliotecas ya ofrecen activos para la participación ciudadana: son instituciones comunitarias conocidas y queridas, ancladas en sus territorios locales, con espacio disponible y personal bibliotecario capacitado para ayudar a las personas a estar mejor informadas. Han servido como espacios neutrales donde las personas pueden trabajar juntas hacia el bien común y sus profesionales tienen un compromiso cívico que les hace ser más necesarios que nunca en el fomento del pensamiento crítico.

Así que en un contexto mundial de complejidad, incertidumbre y cambios cada vez más
crecientes, las bibliotecas públicas pueden consolidarse como espacios en los que la ciudadanía pueda encontrar instrumentos para participar en los asuntos públicos y tomar las riendas de sus comunidades, dado que son garantes de los derechos fundamentales de acceso a la información y a la cultura.

Imagen: MediaLab Prado, en Flickr (album: Taller Moverse en la ciudad, Madrid Escucha, 2019.

Imagen: MediaLab Prado, en Flickr (album: Taller Moverse en la ciudad, Madrid Escucha, 2019.

El rol de las bibliotecas públicas para promover la participación ciudadana

Entendiendo, por tanto, que existen diferentes etapas en el proceso participativo, desde las más básicas como son las del acceso a la información pública hasta las más avanzadas como puedan ser las de toma de decisiones conjunta, las bibliotecas pueden trabajar en distintos niveles para fomentar la participación ciudadana y el compromiso cívico, como medio para alcanzar la consecución de los ODS.

En este sentido, resulta tremendamente útil e interesante la Guía para promover la participación ciudadana desde las bibliotecas públicas, fruto del programa Bibliotecas para tu acción ciudadana (Chile, 2017), que se presenta como una herramienta para generar estrategias participativas de desarrollo local en los territorios donde se sitúan las bibliotecas públicas. Es un instrumento que encaja a la perfección en la Agenda 2030.

Las bibliotecas, por tanto, podrían adoptar los siguientes roles en su implicación con la participación ciudadana:

1) Como centro de información:

El acceso a la información es el primer paso para fomentar la participación ciudadana desde las bibliotecas y contribuir al desarrollo social. Este rol se corresponde con el primer nivel de participación (Informar). La biblioteca puede abrir canales de información hacia la ciudadanía, facilitando información de interés público, como diarios oficiales, portales de transparencia, sitios web de la administración pública, iniciativas o proyectos que se estén desarrollando a nivel municipal, normativa municipal o regional, ordenanzas, políticas públicas, etc. Esta facilitación de información se corresponde con la transparencia del acceso público a la información y los datos y es la base para la realización de los siguientes niveles de participación. Hace efectivo un derecho ciudadano, el del acceso a la información, y además permite mantener una relación continua y de participación con la comunidad.

2) Como foro de debate público:

Las bibliotecas, en este rol, se presentan como un espacio neutral comunitario que sirven de foro público para favorecer la participación ciudadana o facilitar el diálogo sobre temas de interés común. Pueden realizar un ejercicio de consulta pública o bien convocar un proceso participativo en el que de forma colectiva las personas de su comunidad plantean necesidades y propuestas y priorizan con el gobierno local y la biblioteca algunos de ellos. La biblioteca cumple aquí el papel de facilitadora para la deliberación, lo que se corresponde con el segundo nivel de participación (Consultar).

3) Como puente entre la ciudadanía más activa y gobiernos locales más abiertos a la participación:

Las bibliotecas públicas tienen activos muy relevantes para la participación ciudadana: un espacio físico gratuito y abierto al público, recursos tecnológicos, personal capacitado y unos vínculos con las entidades y colectivos ciudadanos y los gobiernos locales. Estas redes les permiten canalizar la voluntad de participación de la ciudadanía hacia los gobiernos locales, recogiendo, por ejemplo,
comentarios a nueva normativa municipal o intereses de sus comunidades. La biblioteca puede organizar mesas de trabajo con la ciudadanía y el gobierno local para la elaboración conjunta de un plan o instrumento de acción comunitaria. Un ejemplo podría ser la elaboración participativa de una ordenanza municipal. Este rol se corresponde, por tanto, con el tercer y cuarto nivel de participación (Involucrar y Colaborar).

4) Como facilitadora de tecnología cívica:

Las tecnologías cívicas o civic tech, también llamadas tecnologías de la participación,
aparecieron en 2011 e incluyen todas las herramientas digitales que buscan transformar el funcionamiento de la democracia y mejorar su eficiencia y organización. Se dividen en 3 grupos: (1) las que se utilizan para el Gobierno Abierto; (2) las que facilitan el intercambio y la colaboración entre ciudadanos para resolver asuntos locales, como las plataformas de financiación participativa; y (3) y las tecnologías para la democracia directa y la participación ciudadana. El papel de las bibliotecas puede ser desde invitar al uso y formar en herramientas de tecnología cívica para la participación ciudadana hasta el fomento del desarrollo en código abierto de este tipo de tecnología.

5) Como laboratorio ciudadano:

Las bibliotecas pueden innovar en hacer de la biblioteca un laboratorio de creación ciudadana, incorporando metodologías de innovación pública abierta y prototipado. De este modo pueden co-crear y experimentar con la ciudadanía para la resolución de problemas locales, identificando desafíos, recabando ideas, diseñando prototipos y testando.

6) Como espacio de toma de decisiones:

La biblioteca puede ser parte de un proceso participativo de corresponsabilidad con la comunidad para involucrarse en la toma decisiones y el uso de recursos públicos. La corresponsabilidad representa el último nivel de la participación ciudadana (Empoderar) y está referida a la generación de compromisos compartidos. Un ejemplo son los presupuestos participativos, en los que se deja que la ciudadanía decida en qué gastar el presupuesto, bien de la biblioteca o bien de su municipio.

Imagen: Kate B, en Flickr. “Seattle Public Library”, 2005.

Imagen: Kate B, en Flickr. “Seattle Public Library”, 2005.

 Conclusión

Como hemos visto, las bibliotecas ofrecen un espacio comunitario neutral donde las personas pueden encontrarse e intercambiar ideas, además de información y apoyo. Su papel en el compromiso cívico y el fomento de la participación ciudadana puede manifestarse de muchas maneras: desde un papel pasivo en el que simplemente proporcionan un espacio, hasta un papel activo en el que buscan la participación entre las personas de sus comunidades.

Si la Agenda 2030 compromete a instituciones, organizaciones, empresas y personas del mundo a hacer frente a los retos sociales, económicos y medioambientales de nuestra era, las bibliotecas públicas presentan una especial importancia en su consecución, al ser instituciones de carácter inclusivo arraigadas en los territorios locales.

Las bibliotecas públicas se incorporan a la Agenda 2030 no sólo cuando garantizan el derecho de acceso a la información sino cuando ese derecho básico es la precondición para el ejercicio de otros derechos como el de participación de la ciudadanía en los asuntos públicos.

 

Este artículo fue originalmente publicado en la revista MiBiblioteca: la revista del mundo bibliotecario, Año XVI, n. 60, invierno 2020